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miércoles, 20 de marzo de 2013

TODOS SOMOS RAROS ....


En estos momentos donde predominan las mentiras, los insultos, la falta de transparencia y la intolerancia, he recordado un artículo que publicó en el Diario Sur de un profesor que es una delicia oírlo y leerlo, es Miguel Angel Santos Guerra, profesor de la Facultad de Ciencias de la Educación; todavía recuerdo a este compañero de Universidad cuando asistía a sus clases y cursos como te removía la conciencia y te despertaba a otra realidad.
“Un centímetro cuadrado de pie nos hace diferentes a miles de millones de personas. ¿Qué diferencias no se encontrarán en toda la superficie de la piel, en toda la complejidad de sentimientos, emociones, creencias, intereses, valores, ideas, historia, etc., que contiene? ¿Cómo es posible tratar a todos por igual? ¿Por qué pretender que todos sean y piensen como nosotros somos y pensamos?
La exigencia de que los demás se acomoden a nuestra forma de ser, de pensar y de actuar es la base de la intolerancia, del dogmatismo y del fascismo, porque parte del hecho de que hay forma de ser, de pensar, de sentir y de actuar que son buenas. Y otras –las opuestas- que son malas. Las nuestras son las buenas. Las de los demás son inaceptables.
En algún curso he realizado un ejercicio didáctico para hacer patente esta idea. Entregó a cada participante una naranja con la petición de que la observen detenidamente, de que la analicen con atención. Les pido que escriba en una hoja la característica de la naranja que les ha correspondido: tamaño, color, piel, rugosidad, manchas, olor, tacto, forma, defectos, peso, etc.. Una vez agotadas las características, mezclo las naranjas y las distribuyó sobre una mesa junto con otras que añado en ese momento. Pido luego que identifiquen su naranja colocando su nombre debajo de ella. Todos, sin excepción, la reconocen. Se trata de naranjas irrepetibles. Han bastado unos minutos de observación para hacer únicas todas y cada una de las naranjas. Seres inertes, al fin. seres carentes de emociones, de sentimientos, de relaciones, de expectativas, de intereses.
Si esto pasa con las naranjas, ¿qué sucederá con las personas? ¿Porqué no aceptar que cada uno es cómo es? ¿Por qué colocar etiquetas generalizando a todas horas? ¿Por qué exigir que los demás se comporten como nosotros deseamos? ¿Porque somos intolerantes?.
Intolerancia es aplicar a los demás, sin hacer un esfuerzo por conocerlo, el cartel del estereotipo y la etiqueta del prejuicio.
Intolerancia es no aceptar a los otros como son, como desean ser. Intolerancia es presionar a los otros para que piensen que actúen como nosotros. Intolerancia es perseguir y castigar a quienes no se comportan como deseamos. Intolerancia es aplicar una juicios negativos a los demás para calificar las mismas actitudes y comportamientos que consideramos bueno si son nuestros.
Hay forma sencilla de combatir la intolerancia. Viajar, por ejemplo. Comprobar que en una cultura se considera natural lo que en la propia es tomado por aberración. Leer es otra forma de abrir la mente de ensanchar el corazón. Dialogar con los demás de que una actitud abierta es tender un puente de conocimientos y de respeto hacia el otro.
Otras son más complejas. Esforzarse para conocer a los otros, por saber que pasa dentro de su piel, tratar de entender por qué reacciona así, qué le ha llevado a ser de ese modo. Ejercitar la tolerancia en las situaciones cotidianas. Comprometerse con quienes viven en nuestra cultura formas de intolerancia.
La tolerancia no conduce a la falta de proyectos comunes, por qué se puede construir la igualdad desde la suma de las diferencias. La tolerancia no conduce al absoluto relativismo sino al extremado respeto. Cada uno tiene sus convicciones, sus creencias, su moral. Y desde el respeto a los principios de todos se construyen los acuerdos y la negociación respetuosa. El problema radica en pensar que los demás no tienen principios o que si los tiene son peores que los nuestros. Desde esta suposición se explica la imposición y la persecución.
Cuenta Savater en su novela “ El jardín de las dudas” el caso de un hijo protestante de Toulouse que había sido ahorcado por asesinar a su hijo al saber que el muchacho había decidido convertirse al catolicismo. El proceso tuvo conmocionada la ciudad durante cierto tiempo porque Juan Carlos, el supuesto asesino, era un comerciante muy conocido y universalmente respetado por su honradez. El hijo de Juan Carlos, Marco Antonio, era un joven de humor sombrío, fracasado en los estudios y que no quería ser comerciante como su padre. Después se supo que se había suicidado ahorcándose. Algún católico intransigente que detestaba al comerciante dijo que el padre había matado para evitar que se convirtiera catolicismo. No se encontró constancia alguna de que pretendiera hacer la conversión.
Desde las actitudes dogmáticas no se puede practicar la tolerancia. La duda es un estado intelectual incómodo, pero que la certeza es un estado ridículo. Quienes practican los dogmas morales pretenden imponer a toda la sociedad su criterio. ¿No les basta poder cumplir con su conciencia sin que otros les obliguen hacer lo que no desean? ¿Entendería los antiabortistas que metiera en la cárcel a una mujer por no querer abortar? ¿Cómo se puede decir que la ley del aborto debe esperar porque hay temas más importantes? ¿Hay algo más importante para una mujer que tiene que ir a la cárcel por obrar en conciencia y por necesidad? ¿Hay algo más importante para su pareja?
El camino de la intolerancia está lleno de víctimas, de personas que dudaron de los dogmas, que desafiaron el pensamiento hegemónico, que contravinieron las normas, que no aceptaron la moral oficial. Gracias a tantas víctimas hoy podemos decir lo que pensamos, defender nuestras ideas, criticar a los poderosos y tiene una moral propia.
A todas esas víctimas de la intolerancia, gracias. Son ellas las que nos han ayudado, no sus verdugos, no censores”.
Gracias Miguel Angel …

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